El combustible de la carroza de los dioses

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Era una noche oscura, sin luna, con muchas estrellas adornando la Vía Láctea. Caminaba tranquilamente, arropado por la suave brisa, cuando mil colores estallaron en el cielo. Los fuegos artificiales alegraban la noche. Me quedé maravillado, por el ímpetu sagrado del carnaval de colores, por las luces que se atropellan, asemejando segundos que corren en el hipódromo de sesenta espacios, entre las tres piernas disparejas del reloj. Mientras observaba atiné a escuchar una canción que lloraba la pólvora de los pirotécnicos. ¿Cómo no la iba a escuchar? Era su creador.

Tal vez, otorgarme el título de creador sería una arrogancia, fui una especie de Prometeo, robé la pólvora al tanque de combustible de la carroza de los dioses, y se la otorgué a los humanos. La mágica carroza de fuego, en la que los dioses surcan el universo alumbrando con mil colores el infinito.

Los lamentos de sirena varada en la pólvora, me desgarran el alma, me parten el corazón en millones de pedazos, como sí estallaran por los cielos a causa de la detonación  de una  pólvora negra, de muerte. Esos quejidos retumban en mis sienes como si fueran los cuervos que devoraban el hígado de Prometeo.

La pólvora se queja por el uso que le dan los humanos, dejó de ser el combustible que propulsa la bella carroza de fuego de los dioses. Quienes un día, antes de ser dioses, también fueron humanos. Los dioses, humanos de otro planeta, de otra galaxia, de otra dimensión, habían surcado el cielo en su carroza de fuego, tenían una vida dichosa y gratificante. Otorgaron su belleza a los humanos,  ingratos descendientes de los dioses, hechos a imagen y semejanza por la casualidad del ADN. Estos perversos mortales ahora usan la pólvora para alimentar las bulímicas bocas de las armas que vomitan plomo y fuego, para matarse uno a otro.

La pólvora se queja, el plomo se queja, las armas se quejan. Todos se quejan de ser utilizados por el estúpido animal bípedo, quien es el que alimenta, apunta y acciona el arma. Pareciéndose, cada día más, a la idea de un malvado y despiadado dios que un día destruirá el mundo.

Por eso no puedo más, debo renunciar, nunca imaginé el daño que causaría, ahora está hecho, no hay medicamento que lo pueda prevenir. No soporto más y me largo, adonde nadie me reconozca. Quizá, si logro reunir toda la pólvora y logre hacer juegos pirotécnicos, les daré esperanza a algunos. Apenas recuerdo mi nombre, muchas voces en mi mente se confunden y algunas a lo lejos logro identificar, cada vez con menos nitidez que susurran: Alfredo.

Aunque tal vez sea tarde,  y la nave donde van los descendientes de los dioses esté ardiendo.

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